El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Sire, la bondad que testimonia Vuestra Majestad es una recompensa que sobrepasa tanto todas mis ambiciones, que no tengo nada más que pedir al rey.

—No importa, señor, nosotros no nos olvidaremos, esté tranquilo; mientras tanto —el rey se quitó la cruz de la Legión de Honor que habitualmente llevaba en la solapa de su traje azul, junto a la cruz de San Luis, por encima de la placa de la orden de Nuestra Señora del Monte Carmelo y de San Lázaro, y dándosela a Villefort—, mientras tanto —dijo—, tome de todas formas esta cruz.

—Sire —dijo Villefort—, Vuestra Majestad se equivoca, esta cruz es la de oficial de la Legión de Honor.

—A fe mía, señor —dijo Luis XVIII—, cójala tal como es; no tengo tiempo de pedir otra. Blacas, usted se encargará de que el certificado sea entregado al señor de Villefort.

Los ojos de Villefort se humedecieron con una lágrima de orgulloso gozo; cogió la cruz y la besó.

—Y ahora —preguntó—, ¿cuáles son las órdenes que Vuestra Majestad me hace el honor de darme?

—Descanse lo que necesite y piense que, sin fuerzas en París para servirme, usted puede serme de mayor utilidad en Marsella.

—Sire —respondió Villefort con una inclinación—, dentro de una hora habré salido de París.


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