El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—¡Cosa extraña! —continuó el rey con un rasgo de humor—. La Policía cree haber dicho todo cuando dice: «se ha cometido un crimen», y cree haber hecho todo cuando añade: «estamos tras la pista de los culpables».

—Sire, Vuestra Majestad, sobre este punto al menos, se verá satisfecha, espero.

—Está bien, ya veremos; ya no le retengo más tiempo, barón; señor de Villefort, debe estar usted cansado del largo viaje, vaya a descansar. ¿Sin duda se alojará usted en casa de su padre?

Un chispazo pasó por los ojos de Villefort.

—No, Sire —dijo—, me alojo en el Hotel Madrid, calle de Tournon.

—¿Pero, le habrá visto?

—Sire, lo primero que he hecho es ir a casa del señor duque de Blacas.

—¿Pero, al menos le verá?

—No lo creo, Sire.

—¡Ah! Es cierto —dijo Luis XVIII sonriendo de tal manera que demostraba que todas esas reiteradas preguntas no habían sido formuladas sin intención—, olvidaba que las relaciones con el señor Noirtier son frías, y que eso es un sacrificio más en beneficio de la causa monárquica, y de la que debo resarcirle.


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