El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Sí, el criado nos dio su descripción: se trata de un hombre de cincuenta a cincuenta y dos años, moreno, de ojos negros cubiertos de espesas cejas y con mostacho; iba vestido con una levita azul, y llevaba en el ojal una roseta de oficial de la Legión de Honor. Ayer siguieron a un individuo cuya descripción respondía exactamente a la que acabo de señalar, y le perdieron en la esquina de la calle de la Jussienne y de la calle Coq Héron.
Villefort se había apoyado en el respaldo de un sillón, pues a medida que el ministro de la Policía hablaba, él sentía que le fallaban las piernas; pero cuando oyó que el desconocido había escapado de las pesquisas del agente que le seguía, respiró.
—Usted seguirá buscando a ese hombre, señor —dijo el rey al ministro de la Policía—, pues si, como todo el mundo se ve inclinado a pensar, el general Quesnel, que nos hubiera sido tan útil en este momento, ha sido víctima de un crimen, bonapartista o no, quiero que sus asesinos sean cruelmente castigados.
Villefort necesitó toda su sangre fría para no verse traicionado por el terror que le inspiraba la recomendación del rey.