El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —En efecto, Sire —repuso el ministro de la PolicÃa—, todo nos llevarÃa a creer que esta muerte es el resultado, no de un suicidio, como se habÃa creÃdo al principio, sino de un asesinato: el general Quesnel, por lo que parece, salÃa de un club bonapartista cuando desapareció. Un hombre desconocido habÃa venido a buscarle esa misma mañana, y le habÃa citado en la calle Saint-Jacques; desgraciadamente el ayuda de cámara del general, que le vestÃa en el momento en el que ese desconocido fue introducido en el gabinete del general, oyó bien que hablaban de la calle Saint-Jacques, pero no retuvo el número de la calle.
A medida que el ministro de la PolicÃa iba dando al rey Luis XVIII esos datos, Villefort, que parecÃa colgado de sus labios, se sonrojaba y palidecÃa.
El rey se volvió hacia él.
—¿No es su opinión, como la mÃa, señor de Villefort, que el general Quesnel, a quien se le podÃa creer adepto al usurpador pero que realmente lo era por entero a Mi Persona, ha sido vÃctima de una trampa bonapartista?
—Es probable, Sire —respondió Villefort—; ¿pero no se sabe nada más?
—Se está tras la pista del hombre con el que se citó.
—¿Se está tras su pista? —repitió Villefort.