El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —¡Sobre el asunto de la calle Saint-Jacques! —exclamó Villefort, sin poder contener una exclamación.
Pero, parándose de repente:
—Perdón, Sire —dijo—, mi adhesión a Vuestra Majestad me hace olvidar constantemente, no el respeto que siento por Ella, ese respeto está muy profundamente grabado en mi corazón, sino que me hace olvidar las reglas del protocolo.
—Diga y actúe, señor —repuso Luis XVIII—; usted ha adquirido hoy el derecho a interrogar.
—Sire —respondió el ministro de la PolicÃa—, yo venÃa justamente hoy a presentar a Vuestra Majestad los nuevos datos que habÃa recogido sobre este suceso, cuando la atención de Vuestra Majestad fue desviada por la terrible catástrofe del golfo; ahora, estos informes ya no tendrÃan ningún interés para el rey.
—Al contrario, señor, al contrario —dijo Luis XVIII—, me parece que ese asunto tiene una relación directa con el que nos ocupa, y la muerte del general Quesnel va quizá a ponernos en la vÃa de un gran complot interior.
Al oÃr el nombre del general Quesnel, Villefort se estremeció.