El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Sire —dijo Villefort—, la rapidez del suceso debe probar a Vuestra Majestad que sólo Dios podía impedirlo levantando una tempestad; lo que Vuestra Majestad cree que por mi parte fue la consecuencia de una profunda perspicacia, se debió, pura y simplemente, al azar; yo aproveché ese azar como servidor leal, eso es todo. No me concedáis más de lo que merezco, Sire, para no volver más que a la primera idea que hayáis concebido de mí.

El ministro de la Policía se lo agradeció al joven con una elocuente mirada, y Villefort comprendió que su proyecto había triunfado, es decir, que sin perder nada del agradecimiento del rey, acababa de hacerse con un amigo con quien, llegado el caso, podría contar.

—Está bien —dijo el rey—. Y ahora, señores —continuó volviéndose hacia el señor de Blacas y hacia el ministro de la Policía—, ya no les necesito, pueden retirarse: lo que queda por hacer es competencia del ministro de la Guerra.

—Afortunadamente, Sire —dijo el señor de Blacas—, podemos contar con el ejército. Vuestra Majestad sabe cómo nos lo dibujan todos los informes: un ejército adepto a vuestro gobierno.

—No me hable de informes; ahora ya sé, duque, la confianza que se puede tener en ellos. ¡Eh! ¿Qué ha sabido de nuevo sobre el asunto de la calle Saint-Jacques?


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