El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —No digo esto por usted, Blacas —continuó Luis XVIII—, pues si usted no descubrió nada, al menos tuvo el buen juicio de perseverar en la sospecha: cualquier otro hubiera considerado, tal vez, las revelaciones del señor de Villefort como insignificantes, o bien incluso sugeridas por una ambición venal.
Estas palabras hacÃan alusión a las que el ministro de la PolicÃa habÃa pronunciado con tanta confianza una hora antes.
Villefort comprendió el juego del rey… cualquier otro se hubiera dejado llevar por la embriaguez de las alabanzas; pero temió convertir al ministro de la Policia en su enemigo mortal, aunque sintió que este estaba irrevocablemente perdido. En efecto, el ministro, que en la plenitud de su poder no habÃa sabido adivinar el secreto de Napoleón, podÃa, en las convulsiones de su agonÃa, descubrir el de Villefort: para eso no tenÃa más que interrogar a Dantès. Asà que vino en su ayuda en lugar de hundirle.