El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Acérquese, señor de Villefort —continuó el rey, dirigiéndose al joven que, de pie, inmóvil y situado un poco más atrás, consideraba la marcha de esa conversación en la que flotaba perdido el destino de un reino—, acérquese y diga al señor que se podÃa saber por adelantado todo lo que él no supo.
—Sire, era materialmente imposible adivinar los proyectos que ese hombre ocultaba a todo el mundo.
—¡Materialmente imposible! SÃ, he ahà una gran frase, señor; desgraciadamente hay grandes frases, como hay grandes hombres, yo los he medido. Materialmente imposible para un ministro, que tiene una administración, despachos, agentes, soplones, espÃas y quince mil francos de fondos reservados, ¡materialmente imposible saber lo que ocurre a sesenta leguas de las costas de Francia! Pues bien, mire, vea aquà al señor que no tenÃa ninguno de esos recursos a su disposición, vea aquà al señor, simple magistrado, que sabÃa más que usted con toda su policÃa, y que hubiera salvado mi corona si hubiera tenido como usted el poder de dirigir un telégrafo.
La mirada del ministro de PolicÃa se volvió, con una expresión de profundo despecho, hacia Villefort, que inclinó la cabeza con la modestia del triunfo.