El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—¿Pero es que lo que dicen de nosotros nuestros enemigos será cierto: ni aprenden, ni olvidan? Si me traicionaran, como a él, me consolaría; ¡pero estar entre gentes a quienes elevé a las más altas dignidades, que debían velar por mí más preciosamente que por ellos mismos, pues mi suerte es la suya, puesto que antes de mí no eran nada, después de mí tampoco lo serán, y van a perecer miserablemente por incapacidad, por ineptitud! ¡Ah! Sí, señor, tiene usted razón, es la fatalidad.

El ministro se mantenía encorvado bajo esas espantosas imprecaciones.

El señor de Blacas se secaba la frente cubierta de sudor; Villefort sonreía interiormente, pues sentía crecer su importancia.

—Caer —continuaba Luis XVIII, quien desde el primer vistazo había sondeado el precipicio al que estaba abocada la monarquía—, ¡caer y conocer la caída por el telégrafo! ¡Oh! Preferiría subir al cadalso de mi hermano Luis XVI, antes que bajar así la escalera de las Tullerías, expulsado por el ridículo… el ridículo, señor, usted no sabe lo que es, en Francia, y sin embargo debería saberlo.

—Sire, Sire —murmuró el ministro—, ¡por piedad!…


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