El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —¿La verdadera causa, Morrel? —dijo el conde—. Ese mismo joven actúa como un ciego, y no la conoce. La verdadera causa, sólo es conocida por mà y por Dios; pero le doy mi palabra de honor, Morrel, que Dios, que la conoce, estará a favor nuestro.
—Eso basta, conde —dijo Morrel—. ¿Quién es su otro testigo?
—No conozco a nadie en ParÃs a quien yo quiera hacer ese honor más que a usted, Morrel, y a su cuñado Emmanuel. ¿Cree usted que Emmanuel querrá prestarme ese servicio?
—Respondo de él como de mà mismo, conde.
—¡Bien! Es todo lo que necesito. Mañana, a las siete de la mañana en mi casa, ¿no?
—Allà estaremos.
—¡Chsss! Se levanta el telón, escuchemos. Tengo la costumbre de no perderme ni una sola nota de esta ópera; ¡tiene una música tan encantadora Guillermo Tell!