El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —¡Eh, pardiez! —dijo apareciendo en la puerta el individuo cuya descripción hemos señalado ya dos veces—. ¡Vaya, cuántas maneras! ¿Es costumbre de Marsella que los hijos hagan hacer antecámara a sus padres?
—¡Padre! —exclamó Villefort—. Asà que no me habÃa equivocado… ya me temÃa que era usted.
—Entonces, si temÃas que fuese yo —repuso el recién llegado, poniendo el bastón en un rincón y el sombrero sobre una silla—, permÃteme decirte, mi querido Gérard, que no es nada amable por tu parte hacerme esperar asÃ.
—Déjenos, Germain —dijo Villefort.
El criado salió dando visibles muestras de asombro.