El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Entonces el conde se levantó, abrió con suavidad la puerta del salón, y sobre un sofá, con los brazos inertes, su hermoso rostro pálido inclinado hacia atrás, vio a Haydée, que se había colocado delante de la puerta, para que el conde no pudiera salir sin verla, pero a la que el sueño, tan potente en la juventud, la había sorprendido tras la fatiga de una tan larga vigilia.

El ruido que hizo la puerta al abrirse no sacó del sueño a Haydée.

Montecristo la observó con una mirada llena de dulzura y de sentimiento.

—¡Mercedes me ha recordado que tenía un hijo —dijo—, y yo, yo olvidé que tenía una hija!

Después, moviendo tristemente la cabeza:

—¡Pobre Haydée! —dijo—. Vino a verme, vino a hablarme, seguramente se temió algo, o lo adivinó… ¡oh! No puedo marchar sin decirle adiós, no puedo morir sin confiársela a alguien.

Volvió de nuevo al gabinete y escribió debajo de las primeras líneas:


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