El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo «Hago esto, ¡Dios mío!», dijo elevando los ojos al cielo, «tanto por Tu honor como por el mío. Desde hace diez años, ¡oh, Dios mío!, me he considerado como el enviado de Tu venganza y otros miserables como un Morcerf, o como un Danglars, o un Villefort, o el mismo Morcerf, no tienen que figurarse que el azar les ha librado de su enemigo. Que sepan, por el contrario, que la Providencia, que había decretado ya su castigo, se ha visto corregida por el solo poder de mi voluntad; que el castigo soslayado en este mundo les espera en el otro, y que sólo han cambiado el tiempo de sus vidas por el de toda una eternidad».
Mientras que flotaba entre esas sombrías incertidumbres, mal sueño del hombre despierto por el dolor, llegó el día a blanquear los cristales, y a alumbrar bajo sus manos el pálido papel celeste sobre el que acababa de trazar esa suprema justificación de la Providencia.
Eran las cinco de la mañana.
De repente, un ligero ruido llegó a sus oídos. Montecristo creyó haber oído algo semejante a un suspiro ahogado; volvió la cabeza, miró por todo alrededor y no vio a nadie. Pero el ruido se repitió, lo bastante claro como para que a la duda le sucediera la certeza.