El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo «¡RidÃculo!», se repitió. «Y el ridÃculo recaerá sobre mÃ… ¡Yo, ridÃculo! ¡Vamos! Prefiero morir.»
Y a fuerza de exagerar asÃ, por adelantado, todas las peores circunstancias del dÃa siguiente, a las que se habÃa condenado al prometer a Mercedes dejar vivir a su hijo, el conde llegó a decirse:
«¡TonterÃas, tonterÃas, tonterÃas! ¡Cómo demostrar entonces la generosidad, colocándome como una diana inerte ante el cañón de la pistola del joven! Nadie creerá que mi muerte es un suicidio, y sin embargo, importa para el honor de mi memoria…, no es vanidad, ¿no, Dios mÃo?, sino un justo orgullo, eso es todo; es importante para salvaguardar el honor de mi memoria que el mundo sepa que consentà yo mismo, por propia voluntad, con mi libre albedrÃo, en detener mi brazo ya levantado para atacar, y que con ese brazo, potentemente armado contra los demás, me ataqué a mà mismo: tengo que hacerlo asÃ, y lo haré.»
Y cogiendo una pluma, sacó un papel de un cajón secreto de su escritorio, y trazó, debajo de lo ya escrito, que no era otra cosa sino su testamento, que habÃa hecho al llegar a ParÃs, una especie de codicilo en el que explicaba su muerte a las personas menos perspicaces.