El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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»Ese fardo que he levantado, casi tan pesado como un mundo, y que creí poder llevar hasta el final, estaba hecho a la medida de mis deseos, y no a la de mis fuerzas; a la medida de mi voluntad, y no a la de mi poder, y tendré que depositarlo a la mitad de mi camino. ¡Oh! ¡Me estaré volviendo fatalista, yo, a quien catorce años de desesperación y diez de esperanza le habían hecho providencialista!

»Y todo esto, ¡Dios mío!, porque mi corazón, que creía muerto, no estaba más que adormecido; porque mi corazón se ha despertado, porque ha latido, porque he cedido ante el dolor de ese latido que se levanta desde el fondo de mi pecho por la voz de una mujer.

»Y sin embargo», continuó el conde, hundiéndose cada vez más en las previsiones de esa mañana terrible que había aceptado Mercedes; «sin embargo, es imposible que esta mujer, de corazón tan noble, haya consentido, por egoísmo, que me dejara matar, a mí, lleno de fuerza y de vida. ¡Es imposible que lleve hasta ese punto el amor, o más bien, el delirio maternal! Hay virtudes cuya exageración sería un crimen. No, habrá pergeñado alguna escena patética, vendrá a interponerse entre las espadas, y de lo sublime que ha sido aquí, en el campo del honor todo eso será ridículo».

Y el rubor del orgullo le subía hasta la frente.


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