El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Últimamente, viniendo hacia París, pasé por Marsella. Fui a ver esa casa de dolorosos recuerdos, y por la noche, con una pala en la mano, cavé en el rincón donde había escondido mi tesoro. La cajita de hierro estaba en el mismo lugar, nadie la había tocado; está en la esquina sombreada por una hermosa higuera que mi padre plantó el día en el que yo nací.
Y bien, Albert, ese dinero que antaño debía ayudar a la vida y tranquilidad de la mujer que yo adoraba, ahí está hoy, por un extraño y doloroso azar, y va a encontrar el mismo destino. ¡Oh! Entienda bien mi pensamiento, yo, que podía ofrecer millones a esa pobre mujer, y que le devuelvo solamente el trozo de pan negro y olvidado bajo mi pobre techo, desde el día en el que me separaron de ella para siempre.
Es usted un hombre generoso, Albert, pero quizá esté cegado por el orgullo o por el resentimiento; si usted rechaza mi oferta, si usted va a pedir a otro lo que tengo el derecho de ofrecerle, diré que es poco generoso por su parte negar a su madre la oferta de un hombre cuyo padre murió en los horrores del hambre y de la desesperación, por culpa del de usted.
Cuando Mercedes terminó de leer la carta, Albert se quedó pálido e inmóvil esperando la decisión de su madre.
Mercedes elevó al cielo una mirada de inefable expresión.