El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Mostrándole que he conocido el proyecto al que usted está a punto de entregarse, creo mostrarle también que comprendo lo delicado del proyecto. Usted es libre, deja el palacete del conde y va a llevarse con usted a su madre, libre como usted; pero, reflexione, Albert, usted le debe más de lo que pueda pagarle, pobre noble corazón. Guarde para usted la lucha, reclame para usted solo el sufrimiento, pero exímala a ella de esa primera miseria que inevitablemente acompañará sus primeros esfuerzos; pues ella no merece ni siquiera el reflejo de la desgracia que la golpea hoy, y la Providencia no quiere que el inocente pague por el culpable.

Sé que los dos van a abandonar la casa de la calle del Helder sin llevarse nada. ¿Cómo lo he sabido? No intente descubrirlo. Lo sé: eso es todo.

Escuche, Albert:

Hace veinticuatro años, yo volvía feliz y orgulloso a mi patria. Tenía una prometida, Albert, una santa muchacha a la que adoraba, y le traía ciento cincuenta luises amasados penosamente por un trabajo sin descanso. Ese dinero era para ella, se lo guardaba para ella, y sabiendo lo traicionera que es la mar, enterré nuestro tesoro en el jardincito de la casa en la que vivía mi padre en Marsella, en las Allées de Meilhan.

Su madre, Albert, conoce muy bien esa pobre y querida casa.


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