El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Albert corrió enseguida hasta el bulevar, de donde trajo un coche de alquiler que debía llevarles fuera del palacete; recordaba una pequeña casita amueblada en la calle de Saints-Pères, donde su madre podría encontrar una vivienda modesta pero decente; volvió, pues, a buscar a la condesa.
En el momento en el que el coche de alquiler se paraba delante de la puerta, y cuando Albert se apeaba, un hombre se acercó a él y le remitió una carta.
Albert reconoció al intendente.
—De parte del conde —dijo Bertuccio.
Albert cogió la carta, la abrió y la leyó.
Tras haberla leído, buscó con la mirada a Bertuccio, pero mientras que el joven leía, Bertuccio había desaparecido.
Entonces Albert, con lágrimas en los ojos, el pecho lleno de emoción, entró a buscar a Mercedes, y sin pronunciar una palabra, le presentó la carta.
Mercedes leyó:
Albert: