El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Albert, hijo mío —dijo Mercedes—, si yo hubiera tenido un corazón más fuerte, es ese el consejo que te hubiese dado; tu conciencia habla cuando mi extinta voz se callaba; escucha a tu conciencia, hijo mío. Tenías amigos, Albert, rompe momentáneamente con ellos, pero no desesperes, ¡en el nombre de tu madre! La vida es hermosa aún a tu edad, mi querido Albert, pues apenas si tienes veintidós años; y como a un corazón tan puro como el tuyo le hace falta un nombre sin tacha, coge el nombre de mi padre: se llamaba Herrera. Te conozco, Albert querido; cualquiera que sea el camino que elijas, en poco tiempo harás ilustre ese nombre. Entonces, querido mío, reaparece en el mundo brillando aún más que con tu infortunio del pasado; y si no fuera así, a pesar de todas mis expectativas, déjame al menos la esperanza, a mí, que no me quedará sino ese único pensamiento, a mí que ya no tengo futuro, y para quien la tumba comienza en el umbral de esta casa.

—Lo haré según sus deseos, madre —dijo el joven—; si, comparto su esperanza, la cólera del cielo no va a perseguirnos, a usted, tan pura, y a mí, tan inocente. Pero, ya que estamos decididos, actuemos de inmediato. El señor de Morcerf ha salido hace una media hora; ya ve que la ocasión nos es favorable para evitar el ruido y las explicaciones.

—Te estaré esperando, hijo mío —dijo Mercedes.


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