El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Pero no las mÃas, madre —respondió Albert—. Yo soy joven, fuerte, creo que soy valiente; y desde ayer he aprendido el poder de la voluntad. ¡Ay, madre! ¡Hay personas que han sufrido tanto, y que no solamente no están muertas, sino que han edificado una nueva fortuna sobre las ruinas de todas las promesas de felicidad que el cielo les habÃa hecho, sobre los escombros de todas las esperanzas que Dios les habÃa dado! Aprendà eso, madre, vi a esa clase de hombres; sé que, desde el fondo del abismo al que les habÃa arrojado su enemigo, se han levantado con tanto vigor y con tanta gloria que dominaron a su antiguo vencedor y lo precipitaron a su vez. No, madre, no; a partir de hoy, rompo con el pasado, ya no acepto nada más, ni siquiera mi nombre, porque usted lo comprende, ¿no, madre querida?, comprende que su hijo no puede llevar el nombre de un hombre que tiene que sonrojarse ante otro hombre.