El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Madre —dijo Albert con firmeza—, no puedo hacer que comparta usted el destino que me espera: tengo que vivir a partir de ahora sin nombre y sin fortuna; para comenzar el aprendizaje de esta ruda existencia, tengo que pedir prestado a un amigo el pan que comeré hasta que pueda yo ganármelo. Mi querida madre, voy ahora a casa de Franz para rogarle que me preste la pequeña cantidad que he calculado y que me será necesaria.
—¡Tú, mi pobre niño! —exclamó Mercedes—. ¡Tú vas a sufrir la miseria, el hambre! ¡Oh! No digas eso, pues romperÃa todas las decisiones que he tomado.