El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Albert vio todos esos preparativos; lo comprendió y exclamando: «¡madre!» y fue a echar los brazos al cuello de Mercedes.

Un pintor, que hubiera tenido la ocasión de reflejar la expresión de estos dos rostros, hubiera pintado, ciertamente, un hermoso cuadro.

En efecto, todo ese aparato propio de una enérgica resolución, que no había asustado a Albert cuando se trataba de él mismo, le llenaba de espanto al verlo en su madre.

—¿Pero, qué hace, madre? —preguntó.

—¿Y qué hacías tú? —respondió ella.

—¡Oh, madre querida! —exclamó Albert, emocionado hasta el punto de no poder hablar—. ¡No es lo mismo para usted que para mí! No, no puede haber decidido lo mismo que yo, pues yo vengo a avisarle de que digo adiós a esta casa, y… a usted.

—Yo también, Albert —respondió Mercedes—; yo también me voy. Había contado, lo confieso, con que mi hijo me acompañara; ¿estoy equivocada?


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