El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Y si me ha llamado es sin duda para interrogarme sobre lo que ha pasado allí. ¿Qué debo responder?

—La verdad.

—¿Entonces le diré que el duelo no ha tenido lugar?

—No, le dirá que he presentado mis excusas al señor conde de Montecristo; vaya.

El criado se inclinó y salió.

Albert volvió entonces a su inventario.

Cuando terminaba la tarea, el ruido de unos caballos pateando en el patio y las ruedas de un carruaje sacudiendo violentamente los cristales atrajo su atención; se acercó a la ventana, y vio a su padre subir a la calesa y partir.

En cuanto la puerta del palacete se cerró tras el conde, Albert se dirigió a los aposentos de su madre y, como no había nadie para anunciarle, entró hasta el dormitorio de Mercedes, y con el corazón roto por lo que veía y por lo que adivinaba, se detuvo en el umbral.

Como si una misma alma animase a estos dos cuerpos, Mercedes hacía en su casa lo que Albert acababa de hacer en la suya. Todo estaba en orden: los encajes, los adornos, las joyas, la ropa, el dinero, todo iba a colocarse al fondo de los cajones, cuyas llaves colocaba con cuidado la condesa.


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