El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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A continuación, puso en orden sus hermosas armas turcas, sus hermosos fusiles ingleses, sus porcelanas japonesas, sus copas engastadas, sus bronces artísticos, firmados por Feuchères o por Baryse, examinó los armarios y puso las llaves correspondientes; echó en un cajón de su secreter, que dejó abierto, todo el dinero de bolsillo que tenía, añadiendo además las mil joyas de fantasía que llenaban sus copas, sus joyeros y sus estanterías; hizo un inventario exacto y preciso de todo, y colocó el inventario en el lugar más visible de una mesa, después de retirar de ella los libros y los papeles que la llenaban.

Al principio de todo ese trabajo, su criado, a pesar de la orden dada por Albert de dejarle solo, había entrado en la habitación.

—¿Qué quiere? —le preguntó Morcerf en un tono más bien triste que enfadado.

—Perdón, señor —dijo su ayuda de cámara—; el señor me había prohibido molestarle, es cierto, pero el señor conde de Morcerf me ha llamado.

—¿Y bien? —preguntó Albert.

—Pues que no he querido presentarme ante el señor conde sin que me diera usted sus órdenes, señor.

—¿Y eso por qué?

—Porque sin duda el señor conde sabe que he acompañado al señor al campo del honor.

—Es probable —dijo Albert.


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