El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Cuando sus dos testigos subieron al coche, él mantuvo durante un tiempo su pose inmóvil y melancólica; después, de repente, desatando al caballo del árbol al que su lacayo había anudado la brida, montó con suavidad, y retomó, al galope, el camino hacia París. Un cuarto de hora después, entraba en la casa de la calle Helder.

Cuando se bajaba del caballo, le pareció ver el rostro pálido de su padre, tras los visillos de su dormitorio; Albert volvió la cabeza con un suspiro y entró en su pequeño pabellón.

Una vez allí, echó una última mirada a todas esas riquezas que le habían hecho la vida tan dulce y tan feliz desde su infancia; observó, una vez más, esos cuadros cuyas figuras humanas parecían sonreírle, y cuyos paisajes parecieron animarse con vivos colores.

Después, quitó del marco de roble el retrato de su madre y lo enrolló, dejando vacío y oscuro el marco dorado que lo rodeaba.




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