El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Gracias, señores —respondió Albert con una fría sonrisa—; seguiré su consejo, no porque ustedes me lo den, sino porque mi intención era salir de Francia. Les agradezco igualmente el servicio prestado como testigos. Está muy profundamente grabado en mi corazón, puesto que, después de las palabras que acabo de oír, es lo único que recuerdo.

Château-Renaud y Beauchamp se miraron. La impresión era la misma en ambos, y el tono con el que Morcerf acaba de pronunciar su agradecimiento estaba impregnado de una resolución tal, que la situación se hubiera vuelto embarazosa para todos si la conversación hubiera continuado.

—Adiós, Albert —dijo de repente Beauchamp, tendiendo negligentemente la mano al joven, sin que este pareciera salir de su letargo.

En efecto, Albert no respondió ante esa mano tendida.

—Adiós —dijo a su vez Château-Renaud, conservando en su mano izquierda la caña, y despidiéndose con la mano derecha.

Los labios de Albert apenas murmuraron: «adiós». Su mirada era más explícita; encerraba todo un poema de ira contenida, de orgulloso desdén, de generosa indignación.


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