El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo El suicidio
Mientras tanto, Montecristo, él también, habÃa llegado a la ciudad con Emmanuel y Maximilien.
El regreso fue alegre. Emmanuel no disimulaba su alegrÃa por haber visto que la paz se imponÃa a la guerra, y confesaba con orgullo sus gustos filantrópicos. Morrel, en un rincón del coche, dejaba la alegrÃa de su cuñado que se evaporase en palabras, y guardaba para sà una alegrÃa tan sincera como la de Emmanuel, pero que sólo brillaba en sus ojos.
En la puerta del Trône, encontraron a Bertuccio: esperaba allÃ, inmóvil como un centinela en su puesto.
Montecristo asomó la cabeza por la ventanilla, intercambió con él algunas palabras en voz baja, y el intendente desapareció.
—Señor conde —dijo Emmanuel al llegar a la altura de la plaza Royale—; déjeme en mi casa, se lo ruego, para que mi mujer no tenga ni un solo momento de inquietud, ni por usted ni por mÃ.
—Si no resultara ridÃculo ir a mostrar su triunfo —dijo Morrel—, invitarÃa al señor conde a entrar en nuestra casa; pero el señor conde tiene, sin duda, algún corazón tembloroso al que tranquilizar. Ya hemos llegado, Emmanuel, despidámonos de nuestro amigo y dejémosle continuar su camino.