El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Capítulo XCII

El suicidio

Mientras tanto, Montecristo, él también, había llegado a la ciudad con Emmanuel y Maximilien.

El regreso fue alegre. Emmanuel no disimulaba su alegría por haber visto que la paz se imponía a la guerra, y confesaba con orgullo sus gustos filantrópicos. Morrel, en un rincón del coche, dejaba la alegría de su cuñado que se evaporase en palabras, y guardaba para sí una alegría tan sincera como la de Emmanuel, pero que sólo brillaba en sus ojos.

En la puerta del Trône, encontraron a Bertuccio: esperaba allí, inmóvil como un centinela en su puesto.

Montecristo asomó la cabeza por la ventanilla, intercambió con él algunas palabras en voz baja, y el intendente desapareció.

—Señor conde —dijo Emmanuel al llegar a la altura de la plaza Royale—; déjeme en mi casa, se lo ruego, para que mi mujer no tenga ni un solo momento de inquietud, ni por usted ni por mí.

—Si no resultara ridículo ir a mostrar su triunfo —dijo Morrel—, invitaría al señor conde a entrar en nuestra casa; pero el señor conde tiene, sin duda, algún corazón tembloroso al que tranquilizar. Ya hemos llegado, Emmanuel, despidámonos de nuestro amigo y dejémosle continuar su camino.


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