El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Todos los arrebatos de alegría de una hija al volver a ver a un padre querido, todos los delirios de una amante en el encuentro con su amante adorado, Haydée los sintió en los primeros instantes de ese regreso esperado con tanta impaciencia.

Ciertamente, la alegría de Montecristo, con ser menos expansiva, no por ello dejaba de ser tan grande; la alegría, para los corazones que han sufrido durante tanto tiempo, es como el rocío de la mañana para las tierras resecas por el sol: corazón y tierra absorben esa bienhechora lluvia que cae sobre ellos, y nada aparentan desde el exterior. Desde hacía algunos días, Montecristo comprendía algo que desde hacía tiempo no osaba creer, y es que había dos Mercedes en el mundo, y que podía aún aspirar a ser feliz.

Sus ojos ardientes de dicha se clavaban con avidez en la mirada húmeda de Haydée cuando, de repente, se abrió la puerta. El conde frunció el ceño.

—¡El señor de Morcerf! —dijo Baptistin, como si esas solas palabras fueran su excusa.

En efecto, el rostro del conde se iluminó.

—¿Quién de los dos, el vizconde o el conde?

—El conde.

—¡Dios mío! —exclamó Haydée—. ¿Es que esto no ha acabado todavía?


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