El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Bien. Le tomo su palabra. Adiós, entonces.
—Hasta luego.
Habían llegado a la puerta de la casa de los Champs-Elysées. Montecristo abrió la portezuela del carruaje, Morrel se apeó de un salto.
Bertuccio esperaba en la escalinata.
Morrel se fue por la avenida de Marigny y Montecristo fue con rapidez al encuentro de Bertuccio.
—¿Y bien? —preguntó.
—Y bien —respondió el intendente—, ella se va de casa.
—¿Y su hijo?
—Florentin, su ayuda de cámara, piensa que va a hacer lo mismo.
—Venga conmigo.
Montecristo se llevó a Bertuccio al gabinete, escribió la carta que conocemos, y la remitió al intendente.
—Tome, y vaya enseguida —dijo—; a propósito, advierta a Haydée de que ya he vuelto.
—Aquí estoy —dijo la joven que, al oír el coche, había bajado, y cuyo rostro despedía alegría al volver a ver al conde, sano y salvo.
Bertuccio salió.