El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—¿Pero, si no tengo hambre? —dijo el joven.

—¡Oh! —dijo el conde—. Sólo conozco dos sentimientos que cortan así el apetito: el dolor, y como veo que está usted muy alegre, no debe ser ese, y el amor. Además, según lo que me dijo en relación con su corazón, me permito creer que…

—A fe mía, conde —replicó alegremente Morrel—, no digo que no.

—¿Y no va a contármelo, Maximilien? —repuso el conde en un tono tan vivo, que se le notaba el interés que tenía en conocer ese secreto.

—Ya le demostré esta mañana que tengo corazón, ¿no, conde?

Por toda respuesta, Montecristo tendió la mano al joven.

—Y bien —continuó este—, puesto que ese corazón ya no está con usted en el bosque de Vincennes, es a otro sitio adonde voy a buscarlo.

—Vaya, vaya, querido amigo —dijo lentamente el conde—, pero, por favor, si tiene algún obstáculo, recuerde que tengo algún poder en ese mundo, que soy feliz empleando ese poder en beneficio de la gente que estimo, y que yo le estimo, Morrel.

—Bien —dijo el joven—, lo recordaré, como los hijos egoístas se acuerdan de sus padres cuando los necesitan. Cuando le necesite, y quizá ese momento llegue, le pediré ayuda, conde.


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