El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Y yo sé que se ha batido dos veces, y peleando muy bien —dijo Morrel—; concilie entonces todo eso con la conducta de esta mañana.
—Influencia de usted —repuso sonriendo Montecristo.
—Afortunadamente para él, no es soldado —dijo Morrel.
—¿Y eso por qué?
—¡Excusas en el campo de batalla! —dijo el capitán moviendo la cabeza.
—Vamos —dijo el conde con dulzura—, no vaya usted ahora a caer en los prejuicios de los hombres corrientes, Morrel. No deducirá que puesto que Albert es valiente, no puede ser cobarde; que ha tenido que tener alguna otra razón para obrar como lo ha hecho esta mañana, y que por consiguiente su conducta es más heroica que otra cosa.
—Sin duda, sin duda —respondió Morrel—; diré como el español: «ha estado menos valiente hoy que ayer».
—¿Almuerza conmigo, no, Morrel? —dijo el conde para cambiar de conversación.
—No, no; tengo que irme a las diez.
—¿Asà que su cita era para almorzar?
Morrel sonrió y movió la cabeza.
—Pero, en fin, tendrá que comer en algún sitio.