El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Escuche —dijo la baronesa sonriendo—; si hablamos como dos amigas, debo decirle que el príncipe todavía no nos parece que sea lo que llegará a ser. Hay en él ese algo de rareza que nos hace, a nosotros los franceses, reconocer en el primer vistazo a un gentilhombre italiano o alemán. Sin embargo, da muestras de un gran corazón, un espíritu despierto y, en cuanto a las conveniencias, el señor Danglars dice que su fortuna es majestuosa; esa es la palabra que usa.

—Y además —dijo Eugénie hojeando el álbum de la señora de Villefort—, añada, señora, que tiene usted una inclinación muy especial por ese joven.

—Y no necesito preguntar —dijo la señora de Villefort— si usted comparte esa inclinación.

—¡Yo! —respondió Eugénie con su aplomo habitual—. ¡Oh! Yo no la comparto en absoluto, señora; mi vocación no era la de encadenarme a los cuidados de la casa o a los caprichos de un hombre, fuera quien fuera. Mi vocación era la de ser artista y, por consiguiente, dueña de mi corazón, de mi persona y de mis pensamientos.

Eugénie pronunció estas palabras en un tono tan vibrante y tan firme que Valentine se sonrojó. La temerosa joven no podía comprender esa vigorosa naturaleza que parecía adolecer de la timidez que se atribuye a las mujeres.


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