El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Por lo demás —continuó Eugénie— debo agradecer a la Providencia que, al menos, me procuró despreciar al señor Albert de Morcerf; sin la Providencia, sería yo ahora la esposa de un hombre que ha perdido su honor.

—Sin embargo, es cierto —dijo la baronesa, con esa extraña ingenuidad que a veces tienen las grandes damas, y que a pesar del trato con las personas vulgares no pierden del todo—, es cierto; sin esa duda de los Morcerf, mi hija hubiera desposado a ese señor Albert: el general insistía mucho, e incluso vino a forzar esa pedida al señor Danglars; ¡de buena nos libramos!

—Pero —dijo tímidamente Valentine—, ¿es que esa vergüenza del padre recae en el hijo? El señor Albert me parece inocente de todas esas traiciones del general.

—Perdón, querida amiga —dijo la implacable joven—; el señor Albert reclama y merece su parte; parece que ayer, después de haber provocado al señor de Montecristo en la Ópera, le ha presentado hoy sus excusas en el mismo campo del honor.

—¡Imposible! —dijo la señora de Villefort.

—¡Ah! Querida amiga —dijo la señora Danglars con esa ingenuidad que ya hemos señalado—, todo eso es cierto; lo sé por el señor Debray, que estaba presente en la explicación.


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