El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Valentine también conocía la verdad, pero no dijo nada. Había vuelto a sus recuerdos y se encontraba en pensamiento en la habitación de Noirtier, donde la esperaba Morrel.

Sumida en esa especie de contemplación interior, Valentine había dejado desde hacía un momento de tomar parte en la conversación; incluso le hubiera sido imposible repetir lo que decían desde hacía algunos minutos, cuando de repente, la mano de la señora de Danglars, apoyándose en su brazo, la sacó de su ensoñación.

—¿Qué ocurre, señora? —dijo Valentine sobresaltándose al contacto de los dedos de la señora Danglars, como se hubiese sobresaltado con un contacto eléctrico.

—Ocurre, mi querida Valentine —dijo la baronesa—, que sin duda está usted enferma, ¿no?

—¿Yo? —dijo la joven pasándose la mano por la frente ardiente.

—Sí; mírese en ese espejo; no hace más que sonrojarse y palidecer sucesivamente.

—En efecto —exclamó Eugénie—, ¡estás muy pálida!

—¡Oh! No te preocupes Eugénie; estoy así desde hace algunos días.

Y por muy poco perspicaz que fuese, la joven comprendió que se le presentaba la ocasión para despedirse. Además, la señora de Villefort vino en su ayuda.


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