El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Puede retirarse, Valentine —dijo—; realmente no se encuentra usted bien y estas señoras le disculparán; beba un vaso de agua y eso le aliviará.

Valentine dio un beso a Eugénie, saludó a la señora Danglars, que ya se había levantado para retirarse, y salió.

—Esta pobre niña —dijo la señora de Villefort cuando Valentine salió— me inquieta seriamente, y no me extrañaría que le sucediese algo grave.

Mientras tanto, Valentine, en una especie de exaltación de la que no se daba cuenta, había atravesado la habitación de Édouard sin responder a no sé qué maldad del niño, y desde su habitación había llegado a la escalera pequeña. Franqueó todos los peldaños, menos los tres últimos; ya oía la voz de Morrel, cuando, de repente, una nube se le pasó por los ojos, sus pies le fallaron ante un escalón, no tuvo fuerza en las manos para sujetarse a la barandilla y, rozando la pared, cayó rodando, más que bajando, las dos o tres últimas gradas.

Morrel dio un salto, abrió la puerta y encontró a Valentine tendida en el descansillo.

Rápido como un rayo, la cogió en brazos y la sentó en un sillón. Valentine abrió los ojos.

—¡Oh! Qué torpe soy —dijo con una febril volubilidad—; ¿es que ya no sé ni tenerme en pie? ¡Olvido que hay tres peldaños más antes del rellano!


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