El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —¿Se ha hecho daño, Valentine? —exclamó Morrel—. ¡Oh! ¡Dios mÃo! ¡Dios mÃo!
Valentine miró alrededor, y vio el más profundo espanto en los ojos de Noirtier.
—TranquilÃzate, abuelito —dijo intentando sonreÃr—; no es nada, no es nada…, se me ha ido la cabeza, eso es todo.
—¡Pero otra vez ese mareo! —dijo Morrel juntando las manos—. ¡Oh! Valentine, tenga cuidado, se lo suplico.
—Que no, que no —dijo Valentine—, que ya se me ha pasado, que no era nada. Ahora déjenme darles una noticia: dentro de ocho dÃas Eugénie se casa, y dentro de tres dÃas hay una especie de gran festÃn, un banquete de compromiso. Estamos todos invitados, mi padre y la señora de Villefort y yo…, por lo que me ha parecido entender, al menos.
—¿Cuándo nos tocará a nosotros ocuparnos de esos detalles? ¡Oh! Valentine, usted que tiene tanta influencia sobre nuestro abuelo, trate de que le diga: ¡pronto!
—¿O sea que cuenta conmigo para estimular la lentitud y despertar la memoria del abuelo?
—¡SÃ! —exclamó Morrel—. ¡Dios mÃo! ¡Dios mÃo! Pero hágalo deprisa. Mientras no sea mÃa, Valentine, siempre me parecerá que se me va a escapar.