El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo En efecto, la señorita Danglars, después de levantarse, había solicitado una audiencia con su padre, y había designado el salón dorado como lugar de encuentro. La singularidad de esta gestión, su carácter oficial, sobre todo, no había sorprendido mediocremente al banquero, que inmediatamente se había plegado al deseo de su hija, acudiendo el primero al salón.
Etienne regresó inmediatamente tras ejecutar la orden del barón.
—La doncella de la señorita —dijo— me ha anunciado que la señorita acababa su aseo y que no tardaría en venir.
Danglars hizo un gesto que indicaba que estaba satisfecho con la respuesta. Danglars, frente al mundo e incluso frente a la servidumbre, afectaba ser el hombre bondadoso y el padre débil: era una de las caras del papel que se había impuesto en la comedia popular que representaba; era una fisonomía que había adoptado y que parecía convenirle como convenía a los perfiles del lado derecho de las máscaras de los padres del teatro antiguo, tener el labio hacia arriba y risueño, mientras que el lado izquierdo tenía el labio hacia abajo y resentido.