El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Padre e hija
Hemos visto, en el capítulo precedente, a la señora Danglars venir a anunciar oficialmente a la señora de Villefort el próximo enlace de la señorita Eugénie Danglars con el señor Andrea Cavalcanti.
Ese anuncio oficial, que indicaba o parecía indicar la resolución tomada por todos los interesados en este gran asunto, había sido precedido, sin embargo, de una escena de la que debemos dar cuenta a nuestros lectores.
Les rogamos, pues, dar un paso atrás y trasladarse a la mañana misma de esa jornada llena de grandes catástrofes, en el hermoso salón tan bien dorado que ya les dimos a conocer, y que era el orgullo de su propietario, el señor barón Danglars.
En ese salón, en efecto, hacia las diez de la mañana, se paseaba desde hacía algunos minutos, todo pensativo y visiblemente inquieto, el barón en persona, mirando cada puerta y parándose a cada ruido.
Cuando la cuantía de su paciencia se agotó, llamó a su ayuda de cámara.
—Etienne —le dijo—, mire a ver por qué la señorita Eugénie me ha rogado que la espere en el salón, e infórmese por qué me hace esperar tanto tiempo.
Exhalada esa bocanada de mal humor, el barón recuperó un poco la calma.