El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —No, por usted.
—¿Por mÃ? Déjelo, prÃncipe —dijo Montecristo haciendo hincapié, con afectación, en el tÃtulo—. ¿Qué he podido hacer por usted? ¿Es que su nombre, su posición social y sus méritos no bastaban?
—No —dijo Andrea—, no; y por más que usted lo diga, señor conde, mantengo que la posición de un hombre como usted ha hecho más que mi nombre, mi posición social y mis méritos.
—No, se engaña usted totalmente, señor —dijo Montecristo, que sintió la pérfida intención del joven, y que comprendió el alcance de sus palabras—; usted no obtuvo mi protección sino después de conocer la influencia y la fortuna de su señor padre; pues, en fin, ¿quiénes me procuraron a mÃ, que no le habÃa visto a usted nunca, ni al ilustre autor de sus dÃas, quiénes me procuraron la dicha de conocerle? Pues fueron mis dos buenos amigos: lord Wilmore y el abate Busoni. ¿Quién me animó, no a servirle de garantÃa, pero sà a apoyarle? Pues fue el nombre de su padre, tan conocido y tan honrado en Italia; personalmente, yo, yo no le conozco a usted.
Esa calma, esa perfecta soltura hicieron comprender a Andrea que, por el momento, estaba oprimido por una mano más musculosa que la suya, y que esa opresión no podÃa ser fácilmente rota.