El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—¡Diez millones! ¿Usted cree? Es magnífico —dijo Cavalcanti, que se emborrachaba con ese ruido metálico de palabras doradas.

—Sin contar —repuso Montecristo— que toda esa fortuna recaerá en usted, y que es de justicia, puesto que la señorita Danglars es hija única. Además, la fortuna de usted, su padre me lo ha dicho, al menos, es casi igual a la de la novia. Pero, dejemos un poco los asuntos de dinero. ¿Sabe, señor Andrea, que ha llevado usted todo este asunto con mucha habilidad y presteza?

—No ha estado mal, no ha estado mal —dijo el joven—; he nacido para la diplomacia.

—Pues bien, le harán entrar en la diplomacia; la diplomacia, usted lo sabe, no se aprende; es algo instintivo… ¿así que se lo toma en serio?

—En realidad, tengo miedo —respondió Andrea en el tono en el que había visto en el Théâtre-Français, a Dorante o a Valère reponder a Alceste.

—¿Pero, le quieren un poco?

—Eso espero —dijo Andrea con una sonrisa de triunfo—, puesto que se casa conmigo. Pero, sin embargo, ¿no olvidamos algo importante?

—¿Qué?

—Pues que me he visto muy ayudado en todo esto.

—¡Bah!

—Ciertamente.

—¿Por las circunstancias?


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