El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —SÃ, claro —dijo el conde—, recibà una carta ayer; pero no creo que la hora estuviera indicada.
—Es posible; el suegro contarÃa con la notoriedad pública.
—Y bien —dijo Montecristo—, ya está usted feliz, señor Cavalcanti; es una alianza de lo más adecuada la que contrae usted; y, además, la señorita Danglars es muy bonita.
—Pues sà —respondió Cavalcanti en un tono lleno de modestia.
—Y es sobre todo muy rica, por lo que se cree, al menos —dijo Montecristo.
—Muy rica, ¿usted cree? —repitió el joven.
—Sin duda; se dice que el señor Danglars oculta por lo menos la mitad de su fortuna.
—Y confiesa que dispone de quince o veinte millones —dijo Andrea con una mirada brillante de gozo.
—Sin contar —añadió Montecristo—, que está a punto de entrar en una especie de especulación que está ya un poco en práctica en los Estados Unidos y en Inglaterra, pero completamente nueva en Francia.
—SÃ, sÃ, ya sé de lo que me habla: el ferrocarril, del que acaba de obtener la adjudicación, ¿no?
—¡Justamente! Ganará, al menos, es la opinión general, al menos diez millones en este asunto.