El Conde de Montecristo

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Capítulo XCVII

Camino de Bélgica

Algunos instantes después de la escena de confusión que se produjo en los salones del señor Danglars por la inesperada aparición del cabo de gendarmería y por la revelación que siguió, el vasto palacete se había vaciado con una rapidez igual a la que hubiera surgido tras el anuncio de un caso de peste o de cólera morbo entre los asistentes; en pocos minutos, por todas las puertas, por todas las escaleras, por todas las salidas, los invitados se habían apresurado a retirarse o, más bien, a huir; pues era una de esas circunstancias en las que ni siquiera se intenta prodigar banales consuelos que, en las grandes catástrofes, transforman hasta a los mejores amigos en grandes inoportunos.

Solamente quedaban en la casa Danglars, encerrado en su gabinete y haciendo su deposición al oficial de gendarmería; la señora Danglars, aterrada, encerrada en el vestidor que ya conocemos y Eugénie que, con la mirada altiva y un gesto de desdén en los labios, se había retirado a su habitación con su inseparable compañera, la señorita Louise d’Armilly.


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