El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Camino de Bélgica
Algunos instantes después de la escena de confusión que se produjo en los salones del señor Danglars por la inesperada aparición del cabo de gendarmería y por la revelación que siguió, el vasto palacete se había vaciado con una rapidez igual a la que hubiera surgido tras el anuncio de un caso de peste o de cólera morbo entre los asistentes; en pocos minutos, por todas las puertas, por todas las escaleras, por todas las salidas, los invitados se habían apresurado a retirarse o, más bien, a huir; pues era una de esas circunstancias en las que ni siquiera se intenta prodigar banales consuelos que, en las grandes catástrofes, transforman hasta a los mejores amigos en grandes inoportunos.
Solamente quedaban en la casa Danglars, encerrado en su gabinete y haciendo su deposición al oficial de gendarmería; la señora Danglars, aterrada, encerrada en el vestidor que ya conocemos y Eugénie que, con la mirada altiva y un gesto de desdén en los labios, se había retirado a su habitación con su inseparable compañera, la señorita Louise d’Armilly.