El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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No era el cansancio lo que detenía a Andrea Cavalcanti; era la necesidad de tomar una determinación, era la necesidad de adoptar un plan.

Coger la diligencia era imposible; coger una silla de posta, igualmente imposible. Para viajar de una o de otra manera es necesario un pasaporte.

Quedarse en el departamento de Oise, es decir, en uno de los departamentos más al descubierto y más vigilados de Francia, era también imposible, imposible sobre todo para un hombre experto como Andrea en materia criminal.

Andrea se sentó en una cuneta, dejó caer la cabeza entre las manos y reflexionó.

Diez minutos después, levantó la cabeza; la resolución estaba tomada.

Cubrió de polvo todo un lado del abrigo que tuvo tiempo de descolgar en la antecámara, y de abotonar por encima de su traje de ceremonia, y llegando a La Chapelle-en-Serval, fue a llamar valientemente a la puerta de la única hostelería de la zona.

El posadero vino a abrir.

—Amigo —dijo Andrea—, yo iba de Mortefontaine a Senlis, cuando mi caballo, que es un animal muy difícil, dio un salto y me mandó a diez pasos. Tengo que llegar esta noche a Compiègne bajo pena de causar la mayor inquietud a mi familia, ¿tiene usted un caballo para alquilarme?


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