El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Era la calesa que transportaba a las señoritas Danglars y d’Armilly.

—¡Adelante!, ¡adelante! —dijo Andrea—. No tardaremos en alcanzarle.

Y el pobre caballo retomó el endiablado trote que había llevado desde la barrera, y llegó echando vapor a Louvres.

—Decididamente —dijo Andrea—, veo que no alcanzaré a mi amigo y que mataré a su caballo. Así pues, más vale que me pare. Aquí tiene sus treinta francos, voy a alojarme en el Cheval-Rouge, y cogeré el primer coche de alquiler que tenga un sitio para mí. Buenas noches, amigo.

Y Andrea, tras poner seis monedas de cinco francos en la mano del cochero, saltó ágilmente a la carretera.

El cochero se embolsó alegremente el dinero y retomó de nuevo el camino hacia París. Andrea fingió dirigirse al hotel del Cheval-Rouge; pero, tras detenerse un instante contra la puerta, y oyendo al cabriolé que se perdía en el horizonte, retomó su camino, y con paso de gimnasta muy acusado, llevó a cabo una carrera de dos leguas.

Entonces, descansó un poco; debía estar bastante cerca de La Chapelle-en-Serval, donde dijo que iba.


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