El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—¡Cuarenta! —dijo Andrea, que tuvo un momento de duda, pero que, reflexionando, vio que no arriesgaba nada con prometer.

—¡Allá vamos! —dijo el cochero—. ¡Suba, en marcha…!

Andrea subió al cabriolé que, a la carrera, atravesó el Faubourg Saint-Denis, corrió a través del Faubourg Saint-Martin, cruzó la barrera, y enfiló la interminable Villette.

No había cuidado de que alcanzasen a ese quimérico amigo; sin embargo, de vez en cuando, a los transeúntes rezagados o en los cabarés que aún estaban abiertos, Cavalcanti preguntaba si habían visto un cabriolé verde con un caballo bayo oscuro; y como en la carretera de los Países Bajos circulaba un buen número de cabriolés, y nueve de cada diez cabriolés son verdes, las informaciones le llovían a cada paso.

Siempre acababan de verlo pasar; no les adelantaba ni quinientos pasos, ni doscientos, ni cien; finalmente le adelantaban, pero no era él.

Una vez adelantaron a su vez a su propio cabriolé: era una calesa que tiraban rápidamente al galope dos caballos de posta.

«¡Ah!», se dijo Cavalcanti. «¡Si yo tuviera esa calesa, esos dos hermosos caballos, y el pasaporte necesario para viajar así!»

Y suspiró profundamente.


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