El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —¡Cansado! ¡Ah! ¡Pues bien, sÃ! No ha hecho nada en todo el santo dÃa. ¡Cuatro malas carreras y veinte céntimos de propina, siete francos en total, y tengo que dar diez al patrón!
—¿Quiere usted añadir a esos siete, veinte, que tengo aquÃ, eh?
—Con mucho gusto, hombre; no son para menospreciarlos, esos veinte francos. ¿Qué tengo que hacer? Veamos.
—Algo muy fácil, si su caballo no está cansado.
—Le digo que irá como el céfiro; todo consiste en decir hacia dónde tiene que ir.
—Hacia Louvres.
—¡Ah!, ¡ah! Lo conozco. El paÃs del rosolÃ.
—Justamente. Se trata simplemente de alcanzar a uno de mis amigos con el que tengo que cazar mañana en La Chapelle-en-Serval. TenÃa que haberme esperado aquÃ, con su cabriolé, hasta las once y media; son las doce, se habrá cansado de esperar y se habrá ido solo.
—Es probable.
—Y bien, ¿quiere ver si lo alcanzamos?
—No pido nada mejor.
—Pero, si no lo alcanzamos de aquà a Le Bourget, tendrá usted veinte francos; si no lo alcanzamos de aquà a Louvres, treinta.
—¿Y si lo alcanzamos?