El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—¡Dios mío! ¡Dios mío! —dijo Valentine, enjugándose con la mano el sudor que perlaba su frente.

En efecto, daban las doce lenta y tristemente, se diría que cada golpe del martillo de bronce del reloj golpeaba el corazón de la joven.

—Valentine —continuó el conde—, haga acopio de todas sus fuerzas, comprima el corazón en el pecho, paralice la voz en la garganta, finja estar dormida, ¡y ya verá, ya verá!

Valentine cogió la mano del conde.

—Me parece que oigo ruido —dijo—, ¡escóndase!

—Adiós, o mejor, hasta luego —respondió el conde.

Después, con una sonrisa tan triste y tan paternal que el corazón de la joven se llenó de agradecimiento, volvió de puntillas a la puerta de la librería.

Y, volviéndose para cerrarla tras él:

—Ni un gesto —dijo—, ni una palabra, que piense que está dormida, si no, la mataría antes de que yo tuviera tiempo de socorrerla.

Y tras esa espantosa orden terminante, el conde desapareció por la puerta que se cerró silenciosamente tras él.


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