El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Capítulo CI

Locusta

Valentine se quedó sola, otros dos relojes, retrasados en relación con el de Saint-Philippe-du-Roule, dieron de nuevo las doce campanadas, distanciadas de manera diferente.

Después, aparte de los ruidos de carruajes lejanos, todo volvió al silencio.

Entonces, toda la atención de Valentine se concentró en el reloj de su habitación, cuyo péndulo marcaba los segundos.

Se puso a contar esos segundos y notó que eran el doble de lentos que los latidos de su corazón. Y, sin embargo, seguía dudando; la inofensiva Valentine no podía figurarse que alguien deseara su muerte. ¿Por qué? ¿Con qué fin? ¿Qué mal había hecho para que pudiera crearse enemigos?

No temía quedarse dormida.

Una sola idea, una idea terrible, mantenía su espíritu alerta, y era que había una persona en el mundo que había intentado asesinarla y que iba a intentarlo de nuevo.

¡Si esta vez, esa persona, cansada de ver la ineficacia del veneno, fuera a recurrir, como le había dicho Montecristo, a un arma! ¡Si el conde no tuviera tiempo de llegar a socorrerla! ¡Si le hubiera llegado su último momento! ¡Si no volviera a ver a Morrel!


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