El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Con estos pensamientos, que la cubrían a la vez de una lívida palidez y de un sudor helado, Valentine estaba dispuesta a tirar del cordón de la campanilla y pedir socorro.
Pero le parecía que, a través de la puerta de la biblioteca, brillaba el ojo del conde, ese ojo que pesaba en su recuerdo, y que, cuando pensaba en ello, la aplastaba de una vergüenza tal que se preguntaba si alguna vez el agradecimiento llegaría a borrar ese penoso efecto de la indiscreta amistad del conde.
Veinte minutos, veinte eternidades transcurrieron así, después, otros diez minutos más; finalmente, el reloj de péndulo, advirtiendo con un segundo de adelanto, acabó por golpear el timbre sonoro.
En ese mismo momento, la casi imperceptible raspadura de una uña sobre la madera de la librería advirtió a Valentine que el conde vigilaba y que le recomendaba a ella vigilar también.
En efecto, por el lado opuesto, es decir hacia la habitación de Édouard, Valentine creyó oír que crujía el parqué; prestó atención, conteniendo la respiración hasta casi ahogarse; el pomo de la cerradura chirrió y la puerta se abrió.
Valentine, que se había incorporado apoyada en el codo, apenas tuvo tiempo de echarse del todo y de cubrirse los ojos con el propio brazo.