El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —La mejor apostilla que yo puedo hacer, señor, es la de certificar como verdadero todo lo que usted dice en la demanda.
Y Villefort se sentó a su vez, y en una esquina de la petición aplicó su certificado.
—Ahora, señor, ¿qué hay que hacer? —preguntó Morrel.
—Esperar —repuso Villefort—; respondo de todo.
Esa garantía devolvió la esperanza a Morrel; dejó al sustituto del fiscal del rey encantado de la entrevista, y fue a anunciar al anciano padre de Dantès que no tardaría en volver a ver a su hijo.
En cuanto a Villefort, en lugar de enviarla a París, guardó preciosamente entre sus manos esa solicitud que, para salvar a Dantès en el presente, le comprometía tan espantosamente en el futuro, suponiendo algo, que el aspecto de Europa y el giro que iban tomando los acontecimientos, permitía suponer: es decir, una segunda Restauración.
Dantès siguió, pues, prisionero; perdido en las profundidades de su calabozo, no oyó el formidable ruido de la caída del trono de Luis XVIII ni, el más espantoso aún, del desmoronamiento del imperio.